¿Merece la pena el viaje? (Musicalmente hablando)

¿Merece la pena el viaje? (Musicalmente hablando)

Mi síndrome del impostor me llevó el sábado pasado al cine a ver La Odisea.

No podía escribir sobre algo que no hubiera visto (escuchado diría).

Salí pensando en la profesionalidad invisible.

La que sostiene los proyectos, genera sensaciones y casi nadie sabe nombrar.

Al parecer, Nolan quería recrear un ambiente sonoro vinculado a la Edad del Bronce, al mundo de los héroes homéricos y de la guerra de Troya.

Así que le pidió a Ludwig Göransson, compositor de Tenet y Oppenheimer, que investigara instrumentos antiguos como el aulos y la lira.

Y aquí hay algo curioso que he comentado en otras ocasiones.

De muchas manifestaciones artísticas antiguas tenemos restos: esculturas, vasijas, pinturas, relieves, grabados.

Pero ¿qué ocurre con la música?

No existen restos arqueológicos sonoros.

Hasta que no se pudo grabar sonido, no teníamos una reproducción real de cómo sonaba una interpretación. Tenemos instrumentos, imágenes, textos, partituras en algunos casos… pero no el sonido vivo.

Así que investigar cómo podía sonar ese mundo tiene algo de viaje imposible.

Y la pregunta es:

¿merece la pena ese viaje?

Ahora que la IA hace de todo, ¿por qué no va a hacer eso también?

Le pides por ejemplo:

“Hazme una música que suene a Grecia antigua, épica, oscura y cinematográfica.”

Algo sale seguro.

Entre otras cosas, ¿quién va a discutir cómo sonaba un gong en la Edad del Bronce?

Además, la película no parece buscar fidelidad histórica absoluta en todo. Ni en vestuario, ni en personajes, ni en la propia adaptación del relato.

Entonces, ¿por qué hacer ese esfuerzo justo con la música?

Quizá es un alarde de medios.

Quizá es marketing o una forma de generar conversación en los medios.

Puede ser.

Pero también puede ser algo parecido a lo que ocurre en los productos de lujo, donde se cuidan detalles que la mayoría de nosotros no tenemos ni por asomo el criterio suficiente como para valorar.

Una forma de coser.

Una madera traída de no sé dónde.

Una carne marinada con un producto exótico que el paladar medio probablemente ni siquiera puede percibir.

Puedes quitar algún ingrediente.

Alguna capa de exclusividad.

Alguna rareza.

Algún proceso innecesariamente complicado.

Pero es que justo ahí radica el lujo: en las capas que le pones.

A medida que se quitan esas capas, los productos se van estandarizando.

Se vulgarizan.

Se aplanan.

Se convierten en la nada.

Por eso sí creo que merece la pena el viaje.

Buscar.

Preguntarse.

Investigar.

Probar caminos raros.

Aunque luego casi nadie sepa nombrarlos.

Porque quizá la profesionalidad consiste muchas veces en cuidar cosas que casi nadie va a saber nombrar.

Pero que se notan.

Un abrazo y mucha música,

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